sábado, 9 de julio de 2016

FELIZ ESTÍO

Rosa Campos Gómez




Estamos en el estío, palabra de caleidoscópicas resonancias sensoriales. Exuberante  tiempo que se abre para invitarnos a buscar y respirar la belleza que nos rodea; a convocarla, donde se halle esquiva; a crearla, donde se halle ausente…
Al  sur de Granada, en Laroles, uno de los pueblos que configuran Nevada (lugar portentoso sobre el que hay mucho que contar), he encontrado este bellísimo rincón habitado por unos peces que nadan dichosos en el agua que mana de algún nacimiento próximo,  y es encauzada, por unas manos sabias, hasta alimentar una tinaja que reverbera cálida sencillez y hermosura.


FELICES DÍAS ESTIVALES 
 en nombre de quienes colaboramos en Notas
(volvemos tras el paréntesis veraniego).


© Rosa Campos Gómez

jueves, 30 de junio de 2016

PEDRO CHICO EROLES


                                                                                                            Rosa Campos Gómez


 Pedro Chico modelando un caballo para industrias dedicadas
a la fabricación de juguetes de cartón (principios de años 50)



Aunque Pedro Chico Eroles (1925-2006) fue un escultor, especializado en modelado, conocido en el mundo de la imaginería y del arte belenístico murciano, yo escuché por primera vez hablar de él allá por el 2004, y fue con gran cariño y admiración (recuerdo la bicromía de ambos sentimientos en esas palabras). Manifesté entonces mi interés en ver obra suya y quedamos en acudir algún día a su taller, pero debido a ocupaciones y distancias (de suelo) pasaron los días… y los años, y el olvido casi tejió su impermeable y opaco velo, mas no llegó a conseguir su fin.

Toro con la cabeza vuelta, P. Chico (1992)
 Material: terracota. 
Hace un par de meses vi una imagen que había sido adquirida por el Museo Taurino de Murcia: un toro que gira su cabeza buscando un rostro al que mirar de frente; es una figura con un dinamismo que evidencia una quietud momentánea, dando la cara, mostrando esa bravura noble que intuye que puede pasar a experimentar una fragilidad que no quiere,  y que tememos. 
Me puse en contacto con quien compartió la imagen y tras una emotiva conversación me envió datos (más abajo encontraréis la interesante biografía) y fotografías sobre la vida y obra de este artista murciano.

Porque lo merece, me rindo ante la necesidad de comentar la fotografía que encabeza el artículo: vemos a un Pedro Chico, dándole los últimos toques a un caballo de cartón, cuyo modelo será para la producción en serie de una fábrica de juguetes. La escena retratada, además de ser un documento, es una delicia por la lectura que ofrece, con esa atención y mimo que pone en lo que está haciendo...
Nunca me había detenido en los modelistas de juguetes, una labor tan especial y tan necesaria que requiere de la inventiva de auténticas creaciones artísticas. P. Chico Eroles trabajó para Industrias Gracimart (ubicada en Santiago el Mayor), llegando a dar vida a los modelos de todos los juguetes que dicha empresa fabricaba. Recibiendo, ante la calidad de su producción, encargos de fabricantes de juguetes de distintas partes de la geografía española, sobre todo de Alicante. Estos diseños para la infancia hablan de una alta cualidad en la que la ternura y la alegría no sólo no se han perdido o dormido con la edad adulta  sino que son fuerza hegemónica del acto de crear.

 San Pedro, P. Chico (1967)
Material: terracota. Ubicación: Colección particular.

Pero antes (y durante y después) de dedicarse a esta faceta artística de la que queda mucho que conocer, y poseyendo ya una formación amplia, que convirtió en constante debido a su sed de conocimiento de las técnicas que trabajaba, realizó obras  de gran belleza, como la imagen de San Pedro, de la que emana la elegancia del recogimiento interior que siente un hombre que ya ha comprendido, y una delicadeza exterior que se expande a través de la postura de su sosegado caminar y de la magnífica y cálida policromía.  


Nacimiento, P. Chico (1968)
 Material: terracota.Ubicación: Colección particular.


Modeló innumerables belenes tradicionales, excelentes, con esa particular factura del barroco murciano, sin embargo, marcó diferencia de estilo (dentro del mismo tema), con este Nacimiento, realizado en bloque, de líneas casi minimalistas, da cuenta de la gran expresividad y gracia que la sencillez bien ejecutada puede alcanzar.

La pluralidad de imágenes de diferente temática (como podemos apreciar en esta muestra que aquí compartimos) a las que dio forma y contenido a lo largo de su vida, hacen a Pedro Chico un escultor y modelador que debemos tener presente, porque su legado configura parte de ese manar artístico que deja buena y grata huella.



Biografía

Pedro Chico Eroles nace en Artesa de Segre. Lérida. El día 13 de Noviembre de 1925.
Hijo de padre murciano y madre catalana. Reside en Murcia desde los 8 años de edad.

En 1939 y por la  recomendación que  su profesor de dibujo hace a sus padres, dado el potencial artístico que ven en él, ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Murcia, donde será discípulo del escultor D. José Sánchez Lozano. Así mismo,  comienza  el modelado de figuras de belén para el taller de D. Manuel Ortigas.

En 1942 marcha a Barcelona, donde estudiará modelado en la Escuela de San Jorge (Lonja). Allí simultanea sus estudios con el trabajo en un taller de imaginería.

En 1945 regresa a Murcia. Trabaja como modelista en el taller de D. Francisco Chacón y frecuenta el taller de González Moreno, donde entablará una amistad que durará todas sus vidas con Antonio Campillo, Juan Díaz Carrión, José Molera, José Hernández y otros.

Modela un gran número de la imaginería belenística que produce el taller de D. José Cuenca Valverde y que hoy todavía fabrican sus hijos.
Realiza modelos industriales, para industrias de juguetes ubicadas en otras provincias.

Realiza modelos y moldes  para industrias dedicadas a la fabricación de carrozas. Es allí donde conocerá a Francisca Sánchez, artista aerógrafa, con la que casará y compartirá el resto de su vida; tendrán dos hijas Francisca y Nieves

En 1953 realiza la policromía de las figuras del belén réplica del realizado por Francisco Salzillo, que estaba destinado al entonces jefe del Estado, Francisco Franco. Se realizaron tres copias. Una que expone el Ayuntamiento de Murcia, la del Pardo, que pasó a ser propiedad de Carmen Martínez Bordiú y que más tarde subastó, y la tercera, propiedad de Juan Antonio Samaranch.

En los años setenta instala un taller dedicado a la reproducción de modelos industriales, aunque eso no le impide seguir modelando en barro y realizar nuevas creaciones para particulares y otros organismos públicos.

En la década de los 80 realiza los modelos y moldes para diversos talleres belenísticos de nuestra región, tales como Jesús Griñán, Vda. De Galán. Pedro Serrano, etc. Estos talleres siguen produciendo estos modelos (el problema es que no dicen la autoría de los modelos. Salen del taller con el sello del taller y no dicen quién los modeló, excepto Cuenca y Serrano, si bien este es un tema que se hace difícil de comentar).

Así, se venden en la práctica totalidad de la geografía española y otros lugares fuera de nuestras fronteras estas piezas, y salvo los que se dedican a la profesión, nadie más conoce el autor, porque los talleres no lo dicen.
Desde la década de los noventa y hasta el último día de su vida ha trabajado en diferentes proyectos para la creación de modelos originales, cientos de creaciones de escultura profana, religiosa, relieves, bulto redondo, bustos, etc.

Ha trabajado numerosas técnicas  y acabados en los diferentes estilos que le han sido demandados, así como ha realizado obras con su indiscutible sello personal, representando sus creaciones a través de líneas limpias y elegantes. Gran capacidad de mímesis y representación en sus retratos.

Recibió el premio Laurel de Murcia concedido a la Asociación de Belenistas y fue nombrado por el Gremio Nacional de Artesanía como Artesano Distinguido Nacional.

Ha participado en numerosas exposiciones colectivas.

Pedro Chico Eroles fallece en Murcia el  día 3 de Abril de 2006.  Se encontraba trabajando en la realización de una maqueta para un paso de Semana Santa, según bocetos de Muñoz Barberán. Su obra póstuma.


 San José, P. Chico (aprox. año 2002)
Material: terracota.  Ubicación: Iglesia San Benito. Murcia.




Niño de cuna, P. Chico (déc. años 60)
Material: pasta de madera. Ubicación: Peña Socio cultural
“La Pava” (montan el Belén en San Juan de Dios en Murcia).
 Este niño de cuna lo ubican siempre en el altar.


 © Rosa Campos Gómez


 


Rosa Campos Gómez  (Calasparra, Murcia), reside en Cieza. Estudió Historia del Arte. Ha publicado varios libros  y  colaborado  en diferentes antologías colectivas. Por el trabajo de investigación Las Pinturas del Paseo de Cieza, recibió el Primer Premio ex aequo III Memorial Mariano Camacho (2014) y,  por Gaspara, el Premio-Selección para Antología en el II Certamen Ángeles Palazón de Cuentos de Navidad (2015). Es miembro del Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd. Blog: Palabras en imagen







viernes, 17 de junio de 2016

LOS CASONES DE CIEZA

                                                                                                                     
                                                                                                      Pedro Diego Gil López


La velocidad divide una población periférica y fluctuante, marginada por una localidad poderosa, que desde tiempos lejanos oculta su historia y su futuro en un más allá dificultado por carreteras nacionales, vías férreas y autovías. Es un apartado territorial, refugio útil para esa gente diferente que no encaja en otro lugar por una serie de casualidades que nadie fue capaz de prever. Un entramado de márgenes desahuciados con un uso dilatado, que se perpetúa a base de no costar, de no quedar nunca sujeto a una existencia confirmada por la administración reinante. Un espacio que es la huida, el desaparecer, la incógnita y la salvadora indigencia, ante un mundo que puede llegar a ser un monstruo creador de locuras y desganas, de raros trastornos de personalidad, de insanas locuras y de extraños puntos de vista, mientras la mayoría acomodada de humanos, de la que es subsidiaria, se estanca en una normalidad autómata, amparada en una forma de vivir complaciente, a suficiente distancia para no sentir tales circunstancias. 
              
                                                             

Estoy queriendo dibujar un lugar donde la vida está en tránsito, en un ir y venir de personajes, de bártulos y bienes de dudosa procedencia, que lo mismo han sido enajenados con rápidos andares, que han sido desechados y convertidos en incómodos residuos. Estoy viendo esas prisas por pasar desapercibidos. Quizás nadie sea consciente de nada. Estoy oyendo esas estridentes motocicletas con viejos tubarros, funcionando con motores milagro, que ni frenan ni embragan, que aún veo volar por las cuestas abajo hacia el impecable asfalto que aún las tolera.                       

Aquí se huele a gasolina antigua y a aceites enterrados, porque este lugar retiene los restos desguazados de coches de otras épocas, como piezas extraviadas de ese puzle gigantesco que da forma al reciclaje universal. Vehículos que parecen haber accidentado las vidas que transportaron haciéndolas chocar con ellas mismas a alocadas velocidades, tal vez porque a nadie le importó que gente así muriera. 
               

Los transeúntes de estos caminos prohibidos, que van y viene por aquí, gravitando en este mundo bajo el signo de una pobreza buscada, pueden llegar a ser tan normales como lo son los habitantes de los lugares de la abundancia. En los ojos no hay diferencias, la mirada es la misma, la risa o el llanto. En noches de luces lejanas, con las mismas necesidades, obtienen energías residuales enganchándose a viejos cables para extraer la electricidad imprescindible y para poder aguantar el entorno, del mismo modo que otros lo hace obteniendo a golpe de factura esos kilovatios suficientes para ser felices.   
                                                                     

Son unos dominios airosos que campean sobre el paisaje enorme que lo enmarca todo. De la sierra de Ascoy viene el olor a tomillo y la tibieza del aire. La gente campera recoge docenas de caracoles cuando llueve en los vivos alrededores. Los barrancos rodean el espacio con su vertiente salvaje, como si uno trajera el hambre, el otro la lujuria y el de más allá, el desarraigo, un cóctel que ahora bebe la emigración, como aquellos gitanos indómitos de otros tiempos que querían seguir siempre pobres; porque se habían dado cuenta que era mejor vivir así, pobres, sin agua corriente, sin luz corriente, sin cuenta corriente; sin wáter, porque no tenían esos aseos de los payos, si acaso el recuerdo de un retrete común y distante, para todos, para el mundo entero. Que ahora todo queda en la naturaleza circundante, entre romeros, árnicas y rudas, como gatos o como perros. Esos viejos lagartos de grandes ojos, de amplia mirada bajo el sombrero, mirada a veces triste, siempre lúcida, siguiendo los cables de la línea de alta tensión que por allí pasa, alejándose en el paisaje de sus vidas. 
                                                                     

Describir el entorno más concienzudamente zozobra con la propia desgana que entra al empezar a recorrer este paraje verdaderamente desierto. Apenas da para nombrar los barrancos: El de la Virgen, el de los Pernales, el de los Grajos. Lo demás son losares, cuestas, laderas, accidentes orientados todos al mediodía, al calor y al frío. Es una especie de desierto que no consta en ningún sitio, ni figura en las estadísticas prisioneras de los datos. Este desierto, nacido de esos urbanismos que tanto nos oprimen a los que vivimos en las ciudades, es un lugar habitado con intermitencia interracial, algo que por sí solo fomenta las historias más reales, crea abigarrados cuentos y hace magia con una simpleza sorprendente. Sus protagonistas nunca pierden la alegría y parecen mostrar una ilusión invencible; tal vez sea porque usan una libertad que suele escapar de todos esos falsos convencionalismos que inducen a otros sentimientos más complicados.  
                                                    

Casas cueva, chabolas y fantásticas pérgolas de plásticos residuales conforman un mosaico descolorido. Hay porches, recibidores y jardines, todo de plástico, alfombras y parasoles, juguetes y vajillas. Tierra, polvo y olor a lumbre, al aceite de comida quemado en sartenes infinitas, a  alimentos combinados en hogares figurados, que dejan en el olfato un rechazo final y la sensación de no poder comprender nada de lo que en ellos ocurre. 
                                                            
                  
Una simple bicicleta se convierte en un medio de locomoción capaz de dar sustento a quién la guía, aunque sea de contenedor en contenedor de basura, en un juego como el de la Oca, sobre el tablero variopinto de nuestra ciudad. Bicicletas que no son solo para el verano, que valen para entre tiempo y para el invierno, que soportan la lluvia y el viento igual que los solaneros. Bicicletas que son como mecanos móviles o rompecabezas que unen piezas de distintos modelos, para conformar lo esencial del invento. La mecánica requiere un enorme esfuerzo del pedaleador, porque estas bicicletas se sobrecargan con productos de peso; de peso, sobre todo, social, fruto de ese despilfarro económico o de esos abusos consumistas que van a parar a la basura. Las manos estarán sucias al sujetar el manillar pero será solo de esa basurilla que se acumula en las tapas de los contenedores, igual de verde que sus plásticos, y no estarán sucias de haber trapicheado con fondos sociales, subvenciones o dádivas obtenidas de las arcas públicas, lo cual les da un aire de seres desapercibidos, que no interesan para nada, que no parecen estorbar pero que valen para remover de sus asientos a esos ciudadanos que parecen sacar a relucir sus conciencias humanitarias.  
                                
Las bicicletas ascienden a este lugar habitado, que se deshabita de repente y se desertiza de inmediato, como un agua que se derrama al volcarse una botella, despacio, con una sonrisa de su tripulante que abre todas las puertas, guiado por esa frente despejada que es como un gps infalible, con los mapas de la miseria siempre actualizados.

El lugar en sí acoge depósitos y almacenes de estas bicicletas intemporales, quizás haya un arsenal de ellas, y aunque la mayoría no tengan ni pedales, todas están listas para armar a ejércitos que desciendan a los infiernos, diariamente, para remover esos residuos que asfixian el mundo, como almas perdidas. Armas  capaces de dar vidilla maloliente a rostros de una dureza extrema que quieren ganarse así el sustento.                                                                                        
Por todo esto, el lugar existe porque a nadie le importa, porque da lo mismo que esté ahí o en otro lugar cualquiera. Nos da lo mismos que esté más arriba o más abajo, al final siempre necesitamos uno así, aunque creamos que nosotros no podríamos vivir en él. Pero los que lo habitan lo utilizan a su antojo, tienen ahí la libertad aunque pensemos lo contrario. Y esto pasará hasta que algo muy fuerte suceda.                                           

Las ciudades tienen esos márgenes y limitaciones, esos espacios tan perecidos, separados de la sociedad común por enormes carteles con bellos anuncios, donde pone con coloridas letras: Lo podéis conseguir todo, pero cuidado, mirando, solo mirando, sin coger nada que no sea tuyo. Y esta gente que habita estos lugares, a todas luces desiertos, y que pueden llegar a ser legión, se ha estado estrellando durante mucho tiempo con esa consigna.                                                  
Los que ahora tienen suerte, los que resisten, llegan a ese límite de los cuatrocientos y pico euros, a ese espacio que otros desde fueran opinan que quién los pillara. Por razones como esta, este lugar parece eterno, aunque poderosas máquinas lo derrumben, vuelve a alzarse solo, vestido con distintos trajes, según la moda del momento. 



Recuerdo bien los tiempos de los pantalones de campana, que se enredaban en la cadena de la bicicleta más aún que los pantalones normales. Recuerdo el donaire de los andares de esa gente que aún subsisten pese al cambio climático, unas veces decían que robando, otras veces, que en la miseria, otras que no se sabía cómo, o se preguntaban qué porqué sobrevivían.  Era impensable cómo no enfermaban esos hijos que corrían medio desnudos detrás de la madre, la mujer que iba detrás del marido, que este no miraba nunca para atrás e iba a los suyo con un palillo del bar en la boca. Hijos que no habían necesitado gatear porque habían nacido de pie para aprender cuanto antes a bajar las cuestas que siempre han dividido la pobreza de la riqueza, fuertes como un bailaor de flamenco, hábiles como un lañador y chillones como un afilador de Albacete. Niños con cara de viejo a los pocos años y ojos tan avispados como los de un buen mimo o un dulce payaso. Quien no los ha visto, quién no los ve aún, alejarse, perderse en ese lugar desierto, oscuro, donde no llegó el pasado ni parece que llegará nunca el futuro.

© Pedro Diego Gil López




 Pedro Diego Gil López (Cieza, 1961), realizó estudios de Formación Profesional (Administrativo) y de Capataz Forestal. 
Ha publicado una novela histórica con la editorial Atlantis, titulada El pergamino de Shamat, una obra de 760 páginas. También ha publicado dos relatos breves en el periódico digital El Heraldo del Henares, en la sección Erase un cuento, titulados “La hoja de papel en blanco” y “El grillo de la suerte”, y periódicamente en la revista digital Letras del Parnaso. Finalista en el XIII Premio Internacional `Sexto Continente de Relato Negro´ 2012, con el título El viejo actor que mató a la injusticia, publicado en  la Antología  Matar a quienes manejan la economía (2015).
 
                

jueves, 9 de junio de 2016

LA BELLEZA DEL NEGRO EN `LA GALLA CIENCIA´

                                                                                                                        Rosa Campos Gómez

Cuando se escribe con toda la imparcialidad que se pueda albergar de la belleza en fondo y forma de una publicación, considero que no es apología sino justicia,  y aunque hoy  me ciña a lo bello del Nº 5 de LA GALLA CIENCIA, la verdad es que podría comentarlo sobre cada uno de los ya publicados. Sé que el tiempo, más todavía de lo que ahora se pueda percibir,  irá poniendo en ese sitio respetado y vértice que les corresponde a los hacedores de un formato con alta calidad de contenido. Ellos son cuatro jóvenes, Noelia Illán, Joaquín Baños, Samuel Jara y Daniel J. Rodríguez, que le ponen ganas, creatividad y atino, encendiendo el fuego motriz  de  una revista de poesía que ya lleva cinco números editados.

Este BLACK ALBUM  posee la belleza -como equivalente de verdad honda- que se filtra en los sentimientos que nos componen como humanos, y queda reflejada en  las voces de poetas  a los que poder acercarnos como oportunidad de oro…, pero vayamos por partes:

La portada -perforada con iniciales,  número  y  efigie de la Galla-, posee una originalidad negra, emparentada con el ébano,  que  por sí sola es  cuerpo de museo. 
Ya dentro, nos encontramos en su primera hoja con un preciso homenaje a Rubén Darío en el centenario de su partida, diciéndonos dos de sus versos, y un dibujo, seguirán varias páginas ilustradas (enhorabuena a Vanessa  Castaño Sanz y a la propia Galla por el cuidado y atractivo diseño que reside en toda la revista),  así llegamos hasta la nº 8 en la que el  texto “EDITORIAL” se nos ofrece  efervescente, jugoso e ilustrativo de asuntos relacionados con el 5, incluyendo  “MAKUINIARI, NEGRO BRASIL”, dedicado a la poesía afrobrasileña y con mención  al compromiso con la literatura iberoamericana y  “MACARONESIA" (que  se traduce del griego al español en “islas afortunadas”)  que nos introduce en la literatura construida por autores canarios. Editorial imperdible.


“MAKUINIARI” (“VEINTE”) –tanto la presentación  como los poemas se nos muestran en páginas frente a frente, escritos por  carismáticas voces en portugués y  traducidos al español, haciéndonos partícipes de caleidoscópicas sensibilidades–  se abre con unos  versos de João da Cruz e Sousa que dicen  "Tú eres el Poeta, el gran ilustre / que pueblas el mundo despoblado / de bellezas eternas poco a poco".  Siendo seguidos de unos significativos textos –“Presentación”, realizada por Esmeralda  Ribeiro y Marcio Barbosa, e “Introducción”, de  Mario Grande, que además ha seleccionado y traducido– que abren las puertas a los poemas de Mel Adúm, Miriam Alves, E. R.  Alves Dos Santos, Fausto António, Sérgio Ballouk, M. Barbosa, Lepe Correia, Cuti, Evaristo Conçeicao, Gabiru Bruno, Denisa Lima, Valeria Lourenço, Serafina Machado, Jamu Minka, Sydney de Paula Oliveira, Jairo Pinto, E. Ribeiro, Cristiane Sobral, Elizandra Souza y Fátima Trinchao, permitiéndonos saber más de estas diez mujeres y diez hombres y de cada uno de nosotros, también de las palabras oriundas que tienen incrustadas, como las piedras preciosas se incrustan a la materia geográfica que las genera.

En “MACARONESIA” –las primeras líneas de la editorial a esta parte destinadas evidencian una transgresión que es bien hallada– son los versos de Félix Francisco Casanova los que nos reciben: “La  brisa mantiene / la pluma en el aire / el ave, furiosa, escarba / en la arena”; tras ellos un buen prólogo,  de Pedro Flores, abriendo el paso a los poemas de Agustín Hernández, Daniel María, Ramiro Rosón, Yerai Barroso, Covadonga García Fierro, María Helena del Pino, Andrea Abreu López, Santiago Jatib, Alejandro Coello, Isabel Klein y Ariadna Batista. En cada una de estas 11 voces se percibe el grito que sale al exterior sin ser gritado, expuesto como lo que ha existido en algún momento, decidiendo no hacerlo pieza de clausura. Sombras y luces narradas con la impetuosa poética de las almas que en la juventud habitan..., versos que saben del amor y sus contrarios.

Habría más que anotar, del aroma a África, por ejemplo, pero mejor pasen y lean; aún así, escribiré esa palabra que nunca se desgasta, nacida para ser bien usada: Gracias… por estar en este tiempo, por ser proyecto cultural de largo alcance -surgido en tierras murcianas-, por traernos a poetas que tejen lo sentido con palabras que saben prender bien.

© Rosa Campos Gómez

miércoles, 1 de junio de 2016

MÚSICA Y AFECTOS EN LA ADOLESCENCIA


                                                                                                                                     Sara Alarcón


El arte es una necesidad en la vida, y muy especialmente la Música. Hablar de inclinaciones por gustos musicales en mujeres y hombres sería lo más interesante, pero demasiado extenso para un artículo. Me centraré, y seré breve (aunque el tema dé para ríos de tinta), en el alba de la juventud femenina, en la adolescencia. 
 
¿Por qué se identifican las adolescentes con letras de canciones de amor y desamor?
Quizá la respuesta más rápida sea porque  se acogen a todo lo que huela a amor que, como ya es sabido, es lo que mueve el mundo. Pero todo esto obedece a un trasfondo.
En pleno momento de construcción de identidad, se identifican (aunque no en exclusividad) con ciertos grupos de música o cantantes por las letras de sus canciones, ya que dichas canciones muestran algo de sí mismas y de su intimidad.
Los artistas de música popular desempeñan un papel importante en el desarrollo de los adolescentes ya que pueden actuar como modelos, pudiendo llegar a ser idolatrados. La imitación de movimientos o de estética son solo unos ejemplos de la influencia que pueden ejercer.

 Muchacha en la ventana (1645), Rembrandt
 ¿Por qué se da la necesidad de este tipo de música?
El psicoanalista Erick H. Erickson (1902-1994) habla de un “espacio interior” en la mujer, que está amueblado psíquicamente por la confianza y el cariño que ha recibido en su familia desde los primeros años, especialmente de la madre, con la que se identifica, y si esta relación afectiva fue mala o inexistente, sería desencadenante de desconfianza en sus futuras relaciones, produciendo aislamiento, o promiscuidad, o desafecto, yendo de una insatisfacción a otra, y sin llegar a definir su identidad.
La identificación o no con la madre arroja elecciones muy diferenciadas de letras de canciones. No obstante, hasta la identidad adecuadamente adquirida es insuficiente, por lo que para una buena evolución de la personalidad se irán adquiriendo nuevos reflejos de personas con los que nutrirse y, ante este hecho, la música elegida puede marcar también unas determinadas proyecciones.
Igualmente, por un proceso natural de querer vivenciar y experienciar la propia autonomía e identidad, el adolescente querrá rebelarse, desobedecer, buscar aquello que es diferente a lo que sus padres o familia adulta le plantean. El adolescente cuestiona reglas, pone a prueba límites y normas usuales de la familia, se rebela contra costumbres y hábitos familiares, “We need love but all we want is danger /necesitamos amor pero lo que queremos es peligro” canta en New Romantics Taylor Swift, a cuyas letras de canciones volveremos a aludir.


Hay una funcionalidad personal que le damos a escuchar música, vinculada a acompañar a diversos estados de ánimo. El tema de los estados de ánimo, la emocionalidad y la relación que la música tiene con ellos, adquiere gran importancia en todos los discursos de los jóvenes (el alto consumo de esta música queda reflejado en las cuentas corrientes de sus creadores). Lo podemos comprobar en la citada Taylor Swift, cantante estadounidense de 26 años de edad, que  arrasa con sus actuaciones en todos los sitios por donde se mueve, por ejemplo, su último álbum se ha convertido en el primero en más de 10 años en vender cinco millones de copias en su país  en solo 36 semanas, es una de las mujeres más poderosas del mundo (la octava más rica según la lista Forbes), que cuenta con más de dieciocho millones de suscriptores en su cuenta de Youtube, dónde ahí  están publicados sus videoclips y vídeos oficiales de giras por todos los continentes, que en Twitter acumula casi 78 millones de seguidores y más de 74 millones en su página oficial de Facebook.  Las entradas de sus conciertos en todos los lugares se agotan a las pocas horas de estar en venta.

Para Erikson “la capacidad mental y  emocional para recibir y dar fidelidad señala la conclusión de la adolescencia, mientras que la edad adulta comienza con la capacidad para recibir y dar amor y cuidados”,  y continua diciendo que es en esa necesidad de dar amor y cuidados, “proceso mediante el cual encuentran los jóvenes de ambos sexos sus identidades individuales, las fusionan mediante la intimidad, el amor y el matrimonio, revitalizan sus respectivas tradiciones y crean y crían juntos a la generación siguiente”, en el que se alimentan también de los medios culturales que más les conmueven, siendo la música el más utilizado.

Las adolescentes se sienten identificadas porque tanto en los videoclips como en las letras de las canciones utiliza espacios transitados día a día (instituto, casa, habitación, cafeterías), historias que narran situaciones corrientes como el mirar la lluvia caer desde la ventana de la habitación, los castillos y palacios forman parte del mundo de las fantasías, no menos importante en esta etapa vital.
Las letras expresan, además, la importancia del tiempo,  hablan de lo nuevo, del cambio, de venir o quedarse, de salir o entrar, de conducir, del espacio interior de su habitación, de su casa, castillos, palacios, reino, pero sobre todo, de esperar, de esperar donde sea, no importa el lugar, pero siempre se espera lo mismo, se espera a él, a otra persona que la quiera.
Las jóvenes escuchan en las letras de estas canciones como su intimidad se pone al descubierto sin necesidad de ser ellas las que expongan su intimidad al exterior, prefieren darle al play una y otra vez a esa canción que choca con el inconsciente de ellas.

Recapitulando, el tipo de relación que se tenga con los padres es importante a la hora de  relacionarse con los demás, de formarse así mismo, de crecer, de elegir determinado tipo de amistades, de escuchar una música u otra, de practicar unos deportes u otros o de no practicarlos, entre otras actividades. Considerar también que si en el entorno familiar no hay libertad, ésta se busca fuera del núcleo familiar, si los padres son opresores, se puede buscar el peligro para provocarlos, hay canciones que hablan de padres que no dejan que sus hijos tengan relaciones con determinadas personas, o que no tengan relaciones sentimentales de ningún tipo a cierta edad. Las adolescentes sienten que la música está para eso para acompañar en la intimidad, para saber si quieren dirigir, conducir, irse o quedarse, salir o entrar (Picture to burn: I hate that stupid old pickup truck /You never let me drive / Odio esa estúpida vieja camioneta / que nunca me dejas conducir),  a veces pueden incitar a emprender acciones que si no hubieras escuchado determinada canción probablemente no se te habría ocurrido.

Con el proceso de identificación se toma al objeto identificado (canciones románticas en este caso) como modelo,  y este objeto identificado aspira a configurar parte del yo como semejanza de tal modelo, y puede que este proceso ayude a las adolescentes a sentirse dentro de un grupo o una comunidad dónde se tiene en cuenta ese “espacio interior”  y se encuentran cómodas escuchando estas canciones porque sienten que las letras tienen algo de ese terreno interior propio en el que ellas pueden verse reconocidas y no aisladas, véase el fragmento de A place in the world: Don't know what's down this road, I'm just walking / Trying to see through the rain coming down / Even though I'm not the only one / Who feels the way I do. / No conozco esta calle, solo camino / intentando ver a través de la lluvia, / pensando que no soy la única / que se siente así)”.

© Sara Alarcón



Sara Alarcón  (Cieza, Murcia, 1993), Graduada en Comunicación Audiovisual (URJC). 
Cursa el Máster de  Psicoanálisis y Teoría de la Cultura (UCM).