jueves, 29 de septiembre de 2016

MÁS NOTAS CERVANTINAS

Jesús A. Salmerón Giménez
 

     Como a Cernuda, pero muchas siestas después, leí a Cervantes -como dichas primeras, primeras lecturas- sentado en el suelo fresco de la galería de mi casa, apoyando la espalda en la pared y con las piernas estiradas, mientras el sol, afuera, abrasaba la ciudad del Escudo, que se iba difuminando a través de una neblina ondulante y calcinada…

     Don Quijote me hizo un sitio en su montura, por primera vez, a través de un ejemplar del Círculo de Lectores, que todavía conservo, propiedad de mi hermano Antonio. A la grupa, cabalgué con el caballero -mitad héroe, mitad orate- por la manchega llanura pero, al contario que el gran León Felipe, no volví cargado de amargura, sino ebrio de una fiesta de alegría y de amistad.

   Desde entonces, nada del manco de Lepanto me es ajeno, como sabrán los lectores de Notas, pues este es el cuarto artículo que les endoso a propósito del ingenioso Miguel de Cervantes. Pero tiene sentido seguir insistiendo, pues estamos en el año en que se conmemora el IV Centenario de su muerte, que como siempre está pasando sin pena ni gloria, pues el Gobierno, con su presidente a la cabeza, omnipresente en actos relacionados con el deporte -empedernido lector del Marca como es Mariano- pero no en científicos ni en “culturales”, se muestra indiferente, cuando no manifiestamente refractario, a la belleza y grandeza del arte y del conocimiento. De todas formas, en este país rara vez han transcurrido las cosas de diferente manera. Y, desde luego, nada de ello le sorprendería a nuestro ilustre escritor: El alcalaíno –hoy- universal perdió todas la batallas (para una que ganó,  se le quedó inutilizada de por vida la mano izquierda) y habitó en todas las cárceles. En sus últimos años, acabó como había vivido: pobre y anacrónico (cuando en 1615, unos caballeros franceses preguntaron por el famoso autor de la Galatea, contesta el interpelado – Márquez Torres-:Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre”). Como sostiene José María Valverde, Cervantes nunca hubiese ganado el premio Cervantes.


   Por mi parte, como humilde homenaje al memorable creador de la novela moderna, además de una nueva relectura del inagotable Quijote en la que estoy inmerso, he leído dos libros que abordan su figura con perspicacia y rigor, no exentas de amenidad.

  El libro de Cercas (El punto ciego. Javier Cercas. Random House. Barcelona, 2016) lo hace de forma transversal, para ilustrar su teoría del punto ciego “se formula una pregunta, y el resto de la novela consiste, de forma más o menos visible o secreta, en un intento de responderla, hasta que al final la respuesta es que no hay respuesta”.

   En el caso del  Quijote, Cercas señala que su pregunta central (y sin respuesta) es: “¿De verdad está loco Don Quijote?”. Ese “punto ciego” ocupa, por cierto, el corazón de la novela de Cervantes. 

    Sostiene Cercas: Lo que de veras dice Cervantes, gracias al punto ciego de su obra maestra, es que la realidad –sobre todo la realidad humana, que es la que de veras le interesa– es esencialmente ambigua, irónica y contradictoria: que don Quijote está loco, pero también está cuerdo; que don Quijote es un personaje cómico y grotesco, pero también un personaje admirable, un héroe trágico; que todos los demás personajes del libro comparten la duplicidad del protagonista y que incluso la comparte el propio libro: después de todo, éste es por supuesto una invectiva contra los libros de caballerías, como el propio Cervantes afirma en el prólogo a la primera parte, pero también es un homenaje a los libros de caballerías, y el mejor de todos ellos. Por ahí se revela la naturaleza esencial del Quijote, su evidencia más profunda y revolucionaria, su absoluta genialidad, que estriba en haber creado un mundo radicalmente irónico: un mundo en el que no existen verdades monolíticas e inapelables, sino en el que todo son verdades bífidas, ambiguas, poliédricas, tornasoladas y contradictorias.

    Y de este deslumbrante hilo tira Jordi Gracia en su magistral biografía Miguel de Cervantes (Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía. Jordi Gracia. Taurus, 2016): una síntesis brillante, una conjetura valiente, una biografía escrita con tono cercano y buen pulso narrativo, que captura en el papel la vida de nuestro escritor más universal, y con la que consigue su propósito declarado de “inyectar el ritmo del relato en la biografía de un iluso escarmentado por la experiencia pero libre del rencor del desengaño”, del “escritor que conquista una mirada compleja e irónica sobre el mundo a partir del hombre que aprendió escribiendo a ser él mismo, siendo varios a la vez, sin miedo a ninguno de ellos ni excesiva reverencia al más desaforado ni al más cuerdo.”

    La pasión del biógrafo va pareja a su erudición y rigor (tras leer la integridad de lo que escribió Cervantes, que ha traducido en 15 libretas a rebosar de anotaciones) y nos la contagia: el libro se lee de un tirón, nos mete de lleno en la vida y en la topografía cervantina (poblada por barberos y comerciantes, pretendientes y comisionistas por cuenta del Estado, soldados y mujeres que se buscan la vida con desparpajo, así como un abigarrada variedad personas de diferentes clases sociales y distintos “pelajes”), y sobre todo de la obra más admirable jamás escrita: “invisible y fluida amenidad de un libro que teje una amistad deambulada y cada vez más cómplice y trabada: el milagro del trato de don Quijote y Sancho, pero también cómo va abarcando una amplia galería de seres humanos, caballeros y venteros, curas y doncellas”.

    Como ha escrito José-Carlos Mainer: “Como dice el emocionado párrafo final, este libro de Jordi Gracia ve y oye a Cervantes: no se puede pedir más a una biografía”.

   Espero, amigas, amigos, que estas líneas logren, para quien todavía no esté atrapado en el campo magnético de su prodigiosa literatura, atraerles a los libros de Cervantes: su lectura es el mejor homenaje que podemos hacerle, y nos lo agradecerá el viejo escritor español con el placer extraordinario que, sin duda, nos ha de proporcionar leer –o releer- sus libros, el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado (como nos recuerda Wislawa Szymborska).


 © Jesús A. Salmerón Giménez


viernes, 23 de septiembre de 2016

LA OBRA DE AMALIA AVIA, RESEÑA PICTÓRICA DE UN TIEMPO



                                                                                                            Rosa Campos Gómez


La obra de Amalia Avia equivale a una extensa y excelente reseña pictórica de un tiempo relativamente cercano. Pintora y grabadora, se dedicó durante más de cinco décadas a este trabajo  porque  realizándolo se sentía feliz, como diría en más de una ocasión, dejándonos un legado amplio e importante, desde el que nos habla de la cotidianeidad del existir, y del resistir, en un periodo del que sus imágenes dan cuenta, definido en sus paisajes realistas, de trazo subjetivado, en los que la gama de los cálidos predomina a través de una bien concebida mezcla de los colores con los que consigue sus particulares quebrados que otorgan esa faz de lo usado, de los sitios por donde transita la gente,  que era en esencia lo que quería reflejar. Los oficios y sus gentes, las calles con sus edificios y su estar dentro y fuera de ellos de personas ya visibles o ya  imaginadas desde su ausencia, que van y vienen dando realidad a unos lugares que se despliegan en la memoria.

                                                                    Puerta del Sol-1979

Pero antes de continuar se hace necesario aclarar que a las mujeres, en las artes plásticas, les ha costado mucho más aún que en la literatura  que sus obras se divulguen y lleguen a más púbico, recordemos que Carmen Laforet (1921-2004), Ana María Matute (1925-2014), Carmen Martín Gaite (1925-2000), entre otras escritoras, ya eran conocidas, leídas y citadas, en los años del franquismo; pero saber de las pintoras, para el público en general que gustaba de la cultura,  no era tan fácil, facilidad que sí encontramos en el reconocimiento  deparado a las de los hombres.
Ahora, gracias a la labor de mujeres (a la que por fortuna no dejan de sumarse hombres), con hambre de  ubicar las cosas en el lugar que les corresponde, se les está dando a estas autoras la divulgación y visibilidad que merecen, y las nuevas tecnologías se prestan como grandes aliadas de esta causa.

Amalia Avia (Santa Cruz de la Zarza, Toledo, 23 de abril, 1930- Madrid, 30 de marzo, 2011) posee una trayectoria dilatada y, aunque parezca una contradicción con lo anteriormente expuesto, tocada por la fortuna: inició su formación artística  a los 20 años, en el taller de Eduardo Peña, desde entonces no dejó de pintar. Fue sumando exposiciones, la primera en la galería Fernando Fer, después lo haría por numerosas ciudades españolas, también en París y Basilea. Sus cuadros  se mostraron  y vendieron durante años en las relevantes galerías Juana Mordó, primero, y  Biosca, después. En 1978 recibió el premio Goya de la Villa de Madrid y en 2001 ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de Toledo. En 2004 publicó De puertas adentro, un libro autobiográfico. En 2007 se le concede la Medalla del Mérito de Castilla La Mancha y en el 2008 se inaugura en Santa Cruz de la Zarza el Centro Cultural Amalia Avia.
En 2014, el director de teatro José Carlos Plaza utilizó una ampliación de La calle de las Minas (que aquí compartimos) para decorar el escenario del Teatro de la Zarzuela de Madrid para la representación de La verbena   Paloma y Los amores de la Inés.
Se casó en 1960 con Lucio Muñoz (1929-1998) creador abstracto, dentro del movimiento conocido como Informalismo, que cosechó importantes reconocimientos  dentro y fuera de España, formando una pareja que siempre  demostraba recíproco respeto y admiración por sus respectivas actividades plásticas, lo que les permitió desarrollarlas amplia y coherentemente según sus diferentes ideas y conceptos.

La producción de Amalia Avia nos ofrece, además de lo ya enumerado y más, la connotación de documento artístico de un ayer no tan lejano, que produjo, en bandadas casi paralelas, tristezas por los silencios y por el cerco a las libertades, y alegrías por la gracia que sencillamente fluía de la hondura humana que a todo ello sabía sobreponerse; de trabajadores y trabajos; de partidas de gente acarreando maletas con las meras pertenencias; de determinadas vías madrileñas, y de otras localidades, con esas fachadas que nos remiten a unos servicios que facilitaban un vivir de proximidad  a pesar de los pesares... Obra de contrastes que nos invita a hacer  en ella recorrido y lectura, y a escuchar mirándola.

   Calle de las Minas-1972
Más obras:

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LUIS CERNUDA: la realidad y el deseo


 Jesús A. Salmerón Giménez



Realidad y deseo

una sola substancia

resuelta en manantial de transparencias.
Octavio Paz



Luis Cernuda, nació el 21 de septiembre de 1902 en  Sevilla. Es uno de los poetas más extraordinarios del siglo XX y, sin duda, el más actual de la brillante generación del 27. Sus poemas bellos, perfectos, los leemos siempre con una honda emoción contenida.




Leí por primera vez La realidad y el deseo en el corazón de un verano de mi adolescencia, durante una siesta abrasadora y luminosa, sentado en el suelo de la galería de mi casa, que era el lugar más fresco donde cobijarse mientras estallaba el sol en la calle. Lo leí sin pausas, degustando morosamente cada verso, paladeando el particular sabor de cada palabra y de cada sílaba: una de esas lecturas que uno se resiste a abandonar y que consiguen el inaudito prodigio de la abolición del tiempo. Desde aquella misma tarde, hoy remota ya en la memoria nada más concluir sus páginas, iluminado por el resplandor de su último verso, supe que Luis Cernuda, con toda aquella honda, sublime poesía, me acompañaría en adelante en el camino de la vida, alentándome siempre, como un amigo indispensable en el que habría de encontrar siempre amparo y consuelo.

Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento del tiempo, en los días de tormenta sigo aquí, deslumbrado por el faro salvador de su literatura, de la remota y oculta belleza que él supo extraer de la palabra. Y no hay un solo día que no lea, recuerde o evoque un verso, que no me regale un instante de felicidad de este pesimista esperanzado, de este sutil, delicado, transparente (“Una mitad de luz Otra de sombra”) y único testigo de la verdad.

En NOTAS, donde habita su recuerdo, dejo aquí este espléndido poema:'Épilogo', publicado en el libro último de Cernuda, Desolación de la Quimera. Es un poema de amor, un relámpago de emoción y de melancolía, profundamente lírico.

EPÍLOGO

(Poemas para un cuerpo)



Playa de la Roqueta:

sobre la piedra, contra la nube,

entre los aires estás, conmigo

que invisible respiro amor en torno tuyo.

Mas no eres tú, sino tu imagen.



Tu imagen de hace años,

hermosa como siempre, sobre el papel hablándome,

aunque tan lejos yo, de ti tan lejos hoy

en tiempo y en espacio.

Pero en olvido no, porque al mirarla,

al contemplar tu imagen de aquel tiempo,

dentro de mí la hallo y lo revivo.



Tu gracia y tu sonrisa,

compañeras en días a la distancia, vuelven

poderosas a mí, ahora que estoy,

como otras tantas veces

antes de conocerte, solo.



Un plazo fijo tuvo

nuestro conocimiento y trato, como todo

en la vida, y un día, uno cualquiera,

sin causa ni pretexto aparente,

nos dejamos de ver. ¿Lo presentiste?

Yo sí, que siempre estuve presintiéndolo.



La tentación me ronda

de pensar, ¿para qué todo aquello:

el tormento de amar, antiguo como el mundo,

que unos pocos instantes rescatar consiguen?

Trabajos de amor perdidos.



No. No reniegues de aquello.

Al amor no perjures.

Todo estuvo pagado, sí, todo bien pagado,

pero valió la pena,

la pena del trabajo

de amor, que a pensar ibas hoy perdido.



En la hora de la muerte

(si puede el hombre para ella

hacer presagios, cálculos),

tu imagen a mi lado

acaso me sonría como hoy me ha sonreído,

iluminando este existir oscuro y apartado

con el amor, única luz del mundo.


 © Jesús A. Salmerón Giménez

lunes, 19 de septiembre de 2016

RECUERDO Y DESAGRAVIO DE LEÓN FELIPE


 Jesús A. Salmerón Giménez


[Tal día como ayer, en 1968, murió en el exilio, en Ciudad de México, León Felipe, el gran poeta castellano que alzó su poderosa -y conmovedora- voz contra la injusticia]


No me acordaba ya de León Felipe. De forma ingrata, lo tenía olvidado, a pesar de todo lo que significó en mis años de adolescencia y juventud: me abrió las puertas de un mundo que me apasionaba y donde encontré una sensibilidad nueva que me instó a querer seguir por ese camino, por esa antología rota, a querer escribir como él. Sin embargo, lo había olvidado. Y ahora, con la noticia del aniversario de su muerte, rescato del desván de la memoria algunos de sus versos, que quedaron allí abandonados por la incuria del tiempo, pero que no ha podido arrancar ni el vendaval de los años: Aquellos versos sencillos y duros,  cargados de ironía y amargura, me acompañaron en tiempos de silencio e injusticia; como esta malaventura que le echa a Franco:

Tuya es la hacienda,

la casa,

el caballo

y la pistola.

Mía es la voz antigua de la tierra.

Tú te quedas con todo

y me dejas desnudo y errante por el mundo...

mas yo te dejo mudo... ¡Mudo!

¿Y cómo vas a recoger el trigo

y a alimentar el fuego

si yo me llevo la canción?

Nadie recuerda ya al poeta lírico que puso su verbo al servicio de una épica personal de lucha contra la opresión y la injusticia. Nadie se acuerda de León Felipe, tal vez porque:

Somos como un caballo sin memoria,

somos como un caballo,

que no se acuerda ya

de la última valla que ha saltado.



Venimos corriendo y corriendo

por una larga pista de siglos y de obstáculos.

De vez en vez la muerte

¡el salto¡

…Lloramos y corremos,

caemos y giramos,

vamos de tumbo en tumba

dando brincos y vueltas entre pañales y sudarios.

De la biografía particular de un hombre se asciende a la colectiva de un pueblo: la obra de León Felipe es la crónica del exilio español, una crónica del llanto y el olvido.
Su testamento moral, lo encierra en estos significativos, humildes y conmovedores versos:

PERDÓN

¡Soy ya tan viejo

y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido

y ya no puedo encontrarla para pedirle perdón!


Ya no puedo hacer otra cosa

que arrodillarme ante el primer mendigo

y  besarle la mano.


Ya no he sido bueno…

quisiera haber sido mejor

estoy  hecho de un barro

que no está bien cocido todavía.


¡Tenía que pedir perdón a tanta gente!

Pero todos se han muerto.


¿A quién le pido perdón ya?...

¿A ese mendigo?

¿No hay nadie más en España,

en el mundo,

a quien yo deba pedirle perdón?...



Voy perdiendo la memoria

y  olvidando las palabras…


Ya no recuerdo bien

Voy olvidando, olvidando, olvidando.


Las palabras se me van

como palomas de un palomar desahuciado y viejo

y sólo quiero que la última paloma,

la última palabra, pegadiza y terca,

que recuerde al morir sea ésta: Perdón.





 Su última y definitiva palabra es esta: "PERDÓN":
Al recordar, hoy en Notas, a León Felipe, yo también le digo: PERDÓN. Perdón por la incomprensión y perdón por el olvido.







 © Jesús A. Salmerón Giménez